A mitad del relato me volví hacia mi derecha buscando en la cara de Pedro el indicio de que Quique estaba de broma. Nada, la cosa iba en serio. En ese momento llegó Carlos. Apenas hizo un gesto a modo de saludo y se sentó en silencio para no interrumpir.
Carlos era gallina, lo hizo hincha de River un tío suyo que vivía en Núñez y lo llevaba a la cancha todos los domingos. Su padre era bostero, pero no muy futbolero, así que Carlos era el único gallina conocido en varias cuadras a la redonda, en pleno barrio de La Boca.
Todos sabían lo sucedido, hasta Pepe, que cinco minutos más tarde servía el pedido que nadie le había hecho, pero sabía de memoria: cortado, submarino, café con leche y cortado, siempre comenzando por mí y terminando por Quique, a mi izquierda. Y esto ¿desde cuándo se sabe? pregunté. Me lo dijo ayer la piba del kiosco, contestó Pedro sin mirarme, mientras metía la barra de chocolate en la leche caliente, la hija de Antonio ¿sabés cuál? la rubita que está a veces… sí sí, ya sé, pero… ¿cómo puede ser? Nos quedamos en silencio, cerré los ojos y así estuve unos segundos, con las manos a los lados de la cabeza y los codos sobre la mesa.
Quique laburaba en el Banco Nación y siempre vestía muy bien. Él decía que era por su trabajo, pero vestía bien hasta para ir a la cancha el domingo, o el sábado, ahora que Huracán estaba otra vez en la B. Siempre pilcha de marca y siempre rematada con el escudito del globo del que era fanático “manque pierda” decía, imitando la voz ronca de Pepe
¿Y ahora qué hacemos? pregunté. Nadie contestó. Volví a cerrar lo ojos y enumeré mentalmente los sonidos que llegaban a mis oídos en un juego tonto al que caía compulsivamente. Cucharitas de café, platos, la jugada polémica de la semana, coches arrancando en el semáforo, Pepe bromeando sobre Boca, que no daba pie con bola y el vaso de Pedro rompiéndose en mil pedazos en el suelo.
Pedro y su hermana Sandra vivían a dos cuadras del café, en la casa que le habían dejado sus viejos. Una casona inmensa, con un jardín más grande que la plaza del barrio y que les costaba un presupuesto mantener. No te quejés, le decía Quique en broma, alquilalo por horas a parejas y te llenás de guita.
Podemos hacer como que no sabemos nada, aventuró Quique. La rubita del kiosco sabe que yo lo sé, o sea que lo sabe todo el barrio, dijo Pedro. Habrá que poner el pecho a las balas, dijo Carlos, pero no se lo creyó ni él mismo. Algo había que hacer y no teníamos mucho tiempo.
Yo estaba pasando un buen momento, en el laburo me habían dado el puesto de Peretti, que ahora era director comercial y estaba más tranquilo y con mejor sueldo. Ya casi no pensaba en Laura y me encontraba animado y con ganas de hacer cosas nuevas. Quizás un nuevo amor, alguien que me diera vuelta la cabeza.
Entró la hermana de Pedro más o menos a la misma hora de siempre. Trabajaba en la financiera de enfrente y su jefe la mandaba a buscar café. Iba vestida con el uniforme que el viejo le hacía poner, blusa blanca y chaqueta y minifalda verde limón… verde como el viejo. Esta vez no se produjo la incomodidad de todos los días, cuando entraba Sandra, porque estábamos demasiado preocupados. Pedro la saludó no muy efusivamente, con la mano y Quique no hizo ninguna broma. En circunstancias normales le hubiera repetido a Pedro su chiste gastado de que cómo era que su hermana estuviera tan buena, siendo él tan feo.
A Carlos le sonó el celular en el bolsillo, o le vibró, porque nadie escuchó nada. Se puso de pie y estuvo hablando unos diez minutos cerca de la puerta que daba a la avenida. Cuando volvió a sentarse Pedro nos leía en voz alta un artículo del Clarín sobre los disturbios en la cancha de Racing. Yo miré de reojo a Quique que elevó levemente las cejas inquisitoriamente, a lo que Carlos contestó guiñando un ojo. A un jugador de truco no se le escapan esas señas y se hubiera dicho que Quique tenía el as de espadas y Carlos el de bastos.
Pepe había puesto las sillas patas arriba sobre las mesas y barría el local. Éramos los últimos en el café y yo pensaba que en unos minutos debía volver a la realidad, más allá de la puerta vaivén. Yo había salido de situaciones peores y sabía que de algún modo saldríamos de ésta, pero todavía no sabía cómo. Y me preguntaba ¿por qué la gente hace esas cosas?
Las dos hojas de la puerta que nos separaban de la realidad exterior se abrieron bruscamente y una dio contra unas sillas que Pepe había apilado, desparramándolas por el suelo. Entraron dos canas de la Federal y uno de ellos nos dijo que estábamos arrestados y que los tendríamos que acompañar a la comisaría. Yo empecé a decir que estábamos en Avellaneda, que eso no era jurisdicción federal y que... Carlos me pisó el pie y yo dejé la frase sin terminar.
Durante los tres días de arresto Quique y Carlos se mostraron tranquilos, Pedro estaba preocupado por Sandra, porque no nos habían dejado llamar por teléfono, ni derecho a un abogado, ni todo lo que diga podrá ser usado en su contra. Eso era un cuento chino que sólo ocurría en las series yanquis. No nos acusaron de nada y nos trataron bien. No supe nada más ni volvimos a tocar el tema en el café, pero esos días a la sombra nos trajeron la salvación que yo no había sabido encontrar.
Hoy Sandra escuchó el chiste gastado de Quique y se dio vuelta hacia la mesa para sonreír. Noté que me miró. Le llamaré desde casa. Pedro llega más tarde porque es viernes y se da una vuelta por la milonga. Con un poco de suerte salimos esta noche y lleva una minifalda tan corta como la verde limón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario